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Quién es Norberto Levy


Norberto Levy nació en Buenos Aires en 1936. Es médico psicoterapeuta, graduado con Diploma de Honor en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en 1961 y desde hace cuarenta años explora de un modo sistemático, en la clínica y en la docencia, los mecanismos de la autocuración psicológica.
Para ampliar los detalles de su trayectoria incluimos a continuación una entrevista biográfica realizada por Norma Osnajansky para la revista Uno Mismo en ocasión de la salida del libro: “ La Sabiduría de las emociones”


¿Cómo se dio en vos “el llamado”, la vocación?

Creo que lo más fuerte fue algo que mi madre me contó acerca de un momento de su vida. Cinco años después de casarse, tuvo una crisis muy importante y según me dijo, sintió intensos deseos de gritar. Se asustó muchísimo, pensando que si pegaba ese grito se volvería loca, ya que había tenido un hermano mayor que se peleaba frecuentemente con su padre, era muy rebelde y gritaba mucho. Mas tarde ese hermano enfermó mentalmente, lo internaron en un hospicio y allí murió. Ella temió que le pasara lo mismo. Me dijo “Hice un supremo esfuerzo de voluntad y acallé aquel grito”. Pero también recordaba que desde aquel día no fue la misma: estaba triste, angustiada, no sentía interés por nada. Hasta que un médico le recomendó: “Señora, usted tiene un instinto maternal muy fuerte y tener otro hijo le va a hacer bien”. “Y así naciste tú”, me dijo. De modo que, en cierto sentido, nací por indicación médica


¿Cuándo te contó esto?

Yo ya era grande. Y desde entonces medité muchas veces en esta historia porque sentí que continuaba en mí ese grito de ella. Ese grito que era su rebelión impotente contra un padre autoritario al que temía. Era su impulso de libertad que no pudo concretar porque no tenía los recursos psicológicos para respaldar esa necesidad. Más adelante, cuando durante una sesión de trabajo corporal en Esalen me encontré gritando sin límites..., sentía que era aquel grito que venía y encontraba un canal a través de mí. Y la verdad es que creo que todo mi trabajo fue signado por aquella dirección original. Eso es lo que me acompaña hasta hoy y tal vez me acompañe siempre: la necesidad de posibilitar ese grito, de darle un cauce legítimo, inteligencia y sentido. Fue lo que finalmente hice con el desacuerdo interior, porque el grito es, en última instancia, un intenso desacuerdo.


Antes de llegar a la psicoterapia, ¿alcanzaste a practicar la medicina?

Recuerdo que cuando todavía estaba en quinto año de la carrera pensaba que sería médico clínico. Sin embargo, cuando empecé a analizarme descubrí que el mundo psicológico me apasionaba. Durante siete años hice psicoanálisis intensamente, como paciente, participando en grupos de formación y haciendo supervisiones clínicas regulares.


Cumplías con todos los códigos…

Claro, en aquella época era la única forma de psicología que se practicaba en Bs. As. Hasta que en 1967 tuve una fuerte crisis; sentía que la terapia psicoanalítica que había realizado con distintos analistas no me estaba ayudando. Y corté.


¿Así nomás, sin tener todavía otro camino a la vista?

Así nomás. Y fue en ese momento cuando Krishnamurti apareció en mi vida. Un paciente me había hablado de él y comencé a leerlo. Fue un gran guía para esa etapa de vacío y transición. Recuerdo que leía con fruición sus libros y me internaba en su pensamiento...
Y también me abrí a otras visiones: Antroposofía, Homeopatía, Taoísmo, Astrología… fue un período de intensa búsqueda… y también comencé a ir a Río Abierto, donde tuve la posibilidad de expresar en plenitud mis emociones, de mover el cuerpo….y familiarizarme con aquellos gritos ancestrales.
Un poco más tarde llegó la Gestalt a la Argentina , con los laboratorios que hacían Adriana Schnake y Francisco Hunneus. Entonces entré de lleno en sus cursos formativos y vi que la psicoterapia gestáltica le daba identidad y formato clínico a aquellas ideas que tanto había leído en Krishnamurti.


También viajaste varias veces a Estados Unidos y Europa...

Sí, estuve largas temporadas en USA durante la década del 70 y comienzos del 80 estudiando en varios centros de psicología humanista. El que más se destacaba en ese momento era el Instituto Esalen, que era un formidable caldero del movimiento humanista transpersonal. También hice múltiples seminarios de trabajo corporal, incluida la formación en bioenergética, con A. Lowen. También tuve la fortuna de ser recibido por Krishnamurti durante sus charlas en Suiza y de tener con él una conmovedora entrevista personal.
Cuando regresé me dediqué por un tiempo a enseñar bioenergética, mientras iba tomando forma mi interés por el desacuerdo interior.
Hacia los 80, tuve otro encuentro significativo, en este caso con Stanislav Grof. Así como Krishnamurti me había permitido ponerles palabras a ciertas intuiciones, Grof legitimó y amplió mis percepciones de otros niveles de conciencia. Mientras esto ocurría, me daba cuenta de que todas estas vivencias y conceptos que iba incorporando se inscribían dentro de lo que reconocía y reconozco como personajes básicos de la dinámica psíquica: el rechazador y lo rechazado. De hecho, mi primer trabajo lo publiqué en 1979 en la Universidad del Salvador y se llamaba “Del autorrechazo a la autoasistencia”.


Hace mucho, entonces, que estaban presentes las semillas que luego germinaron...

Exactamente. Te diría que aquellas son las mismas ideas que luego fui profundizando y expandiendo.


Hay un pilar de la gestalt, que es el trabajo con polaridades. Y siempre me pareció que lo que planteás acerca del desacuerdo interior, basado en tu confianza respecto de la capacidad autoasistencial del ser humano, representa una vuelta de tuerca muy sólida dentro de ese punto.

Yo creo que Perls nos abrió los ojos a la importancia del autoapoyo, y lo que hice fue explorar la intimidad de ese mecanismo y ver de qué estaba hecho: cómo se construye el autoapoyo desde el autorrechazo. Es algo complejo y delicado, porque en la base se encuentra un importante malentendido: hemos confundido lo que es el rechazo como energía, como acción, con la forma inmadura del rechazo. El rechazo tiene “mala prensa” y dentro de la psicología lo que está bien visto es aceptar. Muchas veces, y como sea, lo que se propicia es la aceptación. Supongamos que decís “no soporto tener miedo, rechazo mi temor”, y lo que se suele responder es “usted tiene que aprender aceptar su miedo, o su envidia o su ira...”


Pero sin que quede claro el cómo hacer eso…

Exactamente. Entonces no te queda otro camino que dividirte: una parte tuya “hará los deberes”, tratará de aceptar, y otra se escindirá aún más y seguirá rechazando de una forma cada vez menos consciente, y se convertirá en un foco de insatisfacción y sufrimiento.


Lo que veo es que esa actitud no está presente sólo en cierta psicología, sino también en algunos modos un tanto dogmáticos o voluntaristas de entender la espiritualidad. De alguna manera, se está vaciando de contenido el concepto de “aceptación”, o convirtiéndolo en un mandato más, cuyo cumplimiento nos traería algún tipo de santidad.

Tal cual. Por eso este libro, “ La Sabiduría de las emociones”, se refiere, en realidad, a las emociones llamadas “negativas”: el miedo el enojo, la envidia, la culpa, la vergüenza. No bien calificás algo como “negativo “, ya lo has descalificado y por lo tanto dejás de escucharlo y perdés la posibilidad de comprenderlo. Esto implica un grado alto de ignorancia en relación a las emociones, la cual nos impide aprovechar la señal que ellas emiten. Por eso hablo de la importancia de reconocer que hay dos formas de rechazar: una es inmadura y destructiva y la otra es transformadora y fértil. De esto se desprende que la tarea entonces no es aceptar como único camino posible de solución, sino aprender a rechazar.


¿Rechazar es legítimo y saludable?

Absolutamente. El rechazo es tanto el motor que posibilita la vida como la causa más profunda de la enfermedad. La misma energía puede matar o curar y me he convertido en algo así como un especialista en el rechazo. La homeostasis o autorregulación, que es el mecanismo básico que permite a todo lo vivo seguir viviendo, está fundado en el autorrechazo. Respiramos porque el organismo rechaza la falta de oxígeno pero la autorrechaza con una acción eficaz: respirando. Lo mismo sucede cuando te falta agua: el organismo rechaza esa escasez sintiendo sed y haciendo que busques agua. Es un mecanismo eficiente que ya es automático y que la vida aprendió a desarrollar a lo largo de sus cinco mil millones de años de existencia en este planeta.


Me gustaría que conversemos un poco acerca de aquellas figuras que vos considerás tus maestros. Mencionaste ya a Krishnamurti. ¿Hay alguien más?

He tenido y tengo muchos maestros. Ahora vivo un intercambio más activo con la obra de Ram Dass y de Pat Rodegast. También quiero destacar especialmente la llegada a mi vida de Aníbal Sabattini, quien fue alguien muy importante para mí. Tuve la suerte de conocerlo en Río Abierto, porque era maestro de María Adela Palcos, la directora de esa Institución. Estuve a su lado durante unos diez años, y la verdad es que expandió de un modo notable mi conciencia. Nos encontrábamos para almorzar una vez por semana y charlábamos... El me transmitía sus enseñanzas a través de pequeños cuentos, como ese que luego incluí en mis clases y en mis libros: la nueva versión del mito de la expulsión del paraíso


¿Cuál es esa versión?

Lo crucial de esa versión es la descripción que hace del momento en el que Jehová, luego de comprobar que Adán y Eva habían comido la manzana que la serpiente les había ofrecido, se acerca a ella. Y en lugar de decirle: “por cuanto esto has hecho maldita serás entre todas las bestias del campo... sobre tu pecho andarás…etc." tal como se describe en la versión original, simplemente observa a la serpiente y ella se yergue sobre su cuerpo, lo mira a Jehová… ¡y con un pícaro gesto de amigos… le guiña un ojo…!!!
En este solo gesto cambia radicalmente el sentido de toda la experiencia. Cesa un antiguo paradigma basado en la desobediencia, el pecado y el castigo, en la condena y la maldición. En ese guiño la serpiente dice: “yo ya hice mi parte, todo ocurrió tal como Tú querías y estamos ingresando en una nueva etapa”. Se instala así la idea de cooperación, aprendizaje y crecimiento y dejamos de ser pecadores para ser aprendices.
Si somos pecadores estamos en una eterna lucha interna entre el bien y el mal. Pero si nos reconocemos aprendices encontramos que hay sustancia redimible porque un aprendiz aprende…
Cosas como ésta me contaba Sabattini. Y era un jubilado bancario, un hombre absolutamente anónimo, que tenía la peculiaridad, entre otras, de poder mirar al sol sin pestañear. Cuando lo hacía en mi terraza, me encantaba ver su rostro mirando al sol... tenía una placidez y una alegría propias de quien está mirando su hogar. Fue un maestro, un ser humano maravilloso que permanece vivo en mi corazón.


¿Cómo definirías a la conciencia transpersonal?

Hay muchos modos de definirla y a mi la que más me gusta no viene de un místico ni de un psicoterapeuta, sino de un artista. Una vez le preguntaron a Atahualpa Yupanqui qué pensaba de esas coplas anónimas que generaciones enteras cantan en muchos pueblos del mundo sin que nadie sepa quién es el autor. Y él respondió que la vida premia al verdadero artista con el anonimato, porque si bien nadie recordará su nombre, ninguna tumba encerrará su canto... Para mí constituye una hermosa metáfora, perfectamente aplicable al entendimiento de la conciencia transpersonal pues ésta se manifiesta cuando uno desplaza el ámbito de su identidad, cuando uno siente que uno “es” la copla y el nombre y el apellido pasan a un segundo lugar.


¿Te sucede algo así a vos, al Norberto Levy al que tantas personas se aproximan, atraídas por el envase de psicoterapeuta reconocido, autor de libros, maestro…?

Reconozco que habitan en mi los dos componentes, por una parte el ego y por otra, el progresivo acompañamiento que voy haciendo de mi disolución en la copla anónima. Afortunadamente puedo reconocer mejor los movimientos de mi ego y sus necesidades y ya no me identifico tanto con él. Junto con eso escucho en mí a quien sabe que mi nombre y apellido, mis diferentes roles, son sólo formas temporarias que la vida, que es lo que en esencia soy, tiene de manifestarse.