A partir de una separación suele
surgir una sensación de miedo: a volver a equivocarse, a volver a fracasar...
¿Cómo se puede evitar eso?
Tal vez antes de responder eso, y para poder
entender mejor cómo se llega a esa ruptura, tendríamos que reflexionar un poco
acerca de qué es lo que sostiene una pareja.
¿Y qué es, desde su punto de vista?
Los
pilares de una pareja son tres. El primero de ellos es el magnetismo
estético-sexual. La atracción física, eso tan misterioso, que está o no está.
Ese es uno de los pilares. El segundo es lo que podríamos llamar pasiones
existenciales compartidas. Son valores y prioridades básicos que dos personas
comparten, y que pueden ser muy diversos: formar una familia, practicar un
deporte en particular con pasión, alguna actividad de otra clase... El
matrimonio Curie es como el paradigma de esto: dos seres apasionados en una
tarea que comparten. No tiene por qué ser siempre así, tan intenso, como en ese
ejemplo, pero sí es importante que haya valores y prioridades existenciales
compartidas. Es muy difícil imaginar un matrimonio estable entre alguien
apasionado por la ecología con otro que ama la caza deportiva.
¿Cuál es el tercer pilar?
El tercer componente que enlaza
a una pareja es qué tipo de equipo forman para resolver los problemas
cotidianos: Cómo resuelven los temas de la unión de ambas familias, los
horarios, los estilos, las tareas domésticas...
Todos los ítems de una
interacción caben en esos tres pilares. Y muchas parejas se unen a partir de
alguno de esos pilares, y otros ya no están de entrada. Y son esos temas los
que después generan la ruptura.
-De algún modo, la separación se
empieza a construir desde el primer día de la pareja...
Exactamente. Un ojo sensible
puede ver y decir a los dos años de una relación “Lo que están viviendo ahora
lo vi desde el principio”. De modo que si uno mira la pareja de acuerdo a estos
parámetros puede preguntarle a las personas: “¿Cómo se sienten en el magnetismo
sexual?”: “Estupendo”, “¿Y en las pasiones existenciales compartidas?”: “Bueno,
la verdad es que ahí no tenemos nada en común, a ella le encanta el teatro y la
danza y a mí el aire libre, y no podemos armar un fin de semana juntos, porque
somos muy distintos y casi no tengo de qué hablar con ella”. Entonces, una vez
que cede ese magnetismo inicial se empiezan a poner de manifiesto los agujeros
que había en la relación.
¿Qué se hace entonces?
Lo primero de todo es que una
persona que enfrenta una situación de separación tenga en claro cuál es el
déficit, cuál es el intercambio que está fallando. Hay que ubicarlo, para
diferenciar lo que es un inconveniente producto de inhibiciones o de
malentendidos –que se pueden resolver- de lo que es algo estructural. Cuando
pasa esto último esas dos personas no tienen base para vincularse como pareja:
se unieron en un momento de sus vidas, porque se necesitaban de acuerdo a
alguna circunstancia particular, pero eso ya terminó.
¿Debe descubrirlo uno mismo?
Ese es
otro punto importante: que al enfrentar la posibilidad de la ruptura uno llegue
a descubrirlo junto con su pareja. Si esto que nos pasa tiene arreglo y con una
buena ayuda podemos resolverlo, o ya no hay más entre nosotros.
Cada separación es
distinta...
Sin duda.
Dos personas se pueden separar y decir: “Está bien, es triste –porque siempre
una separación es triste- pero lo que había entre nosotros ya no está más”. Porque
los seres humanos somos seres en crecimiento. Y esto puede hacer que a los 20
años parezca que tenemos un mundo en común con otra persona, y a los 30 hemos
ido desarrollando áreas específicas que nos fueron alejando. Entonces, hicimos
lo que teníamos que hacer juntos y ahora nos separamos, y podemos hacerlo con
gratitud por lo que hemos vivido y reconociendo que hasta acá llegamos.
Pero en general una separación va ligada a una sensación de
fracaso... ¿Esto tiene que ver, desde algún punto de vista, con que todavía
tenemos la idea de la pareja “para siempre”, “el amor de mi vida”, “el único amor”...?
Ese es un deseo que anidamos todos. Algunos, muy pocos, tienen la
fortuna de vivirlo. Pero es bueno saber que esa no es la única forma de
desplegar mi universo emocional. El recorrer otros caminos de realización
requiere estar preparado para separarse, y eso significa no tener un alto monto
de dependencia emocional.
Pero, ¿de dónde sale ese deseo de “amor para siempre”?
Uno siempre busca completarse en otro y con otro. El deseo máximo
sería poder encontrar esa completud y sostenerla toda la vida. Es bueno que nos
preparemos para poder vivir el desarrollo emocional y el disfrute de la vida
cotidiana con distintas personas a lo largo del tiempo, en la medida que la
realidad demuestre que con determinada persona lo que podíamos hacer juntos ya
lo hicimos. El ir incorporando esta idea, ayuda.
Pero, ¿el fracaso se relaciona con que “no duró”...
Sí, si yo tengo la idea de que esa unión es para toda la vida,
cualquiera sea la razón por la que me separe voy a sentir que es un fracaso.
Puede haber elementos de fracaso reales si hemos tenido problemas que no
pudimos resolver.
¿Que quisimos resolver dentro de la pareja y no pudimos?
Claro. Porque vivir juntos implica estar continuamente aprendiendo
a resolver desacuerdos. Aprender a reconocer lo que no tenemos en común y
edificar sobre lo que sí. No es frecuente que yo pueda vivir con mi pareja
todas las áreas de mi vida. Por ejemplo a ella le gusta mucho viajar y a mí
permanecer en un lugar, por lo tanto en esa área no vamos a complementarnos
exactamente, pero si la reconocemos y la respetamos, y yo no la critico ni la
acuso a ella por ser así , y ella no me acusa a mí por ser como soy, y buscamos
la forma de resolver ese desencuentro, vamos construyendo una pareja que se
apoya en lo que podemos realizar juntos, y en el respeto que sentimos
recíprocamente por aquellas áreas donde no nos complementamos. Luego haremos un
cierto balance y podremos decir: “Bueno: vale permanecer….o no”. Si no logramos
esta optimización del vínculo... puede haber cierta sensación de fracaso.
Cuando se produjo una ruptura, hay una sensación de que se
descalabra la vida en general. ¿Por qué se siente así?
Bueno, ahí también influye mucho si hay hijos o no. Cuando hay
hijos chicos, las perturbaciones son mucho mayores que si la pareja no los ha
tenido. Cuando están criando, además de ser pareja son un equipo de padres. Y
los chicos padecen mucho, se desarticula bastante la vida familiar con una
ruptura. Porque también se desarticulan hábitos, una trama social que pudieron
haber construido juntos, la costumbre o el bienestar de compartir la cena o la
noche o dormir juntos, las vacaciones, los fines de semana... Y por más que
muchas veces sea para mejor, hay una transición que es dolorosa.
Siempre...
Siempre. Es como cuando uno se muda, y cambia de barrio. A lo
mejor la casa nueva que tengo es más linda que la anterior, pero hasta que yo
me adapte al nuevo barrio... Ya no tengo la farmacia donde la tenía, ni el
almacén donde antes estaba, y el sol entra por otro lado, en fin... Hay una
serie de cosas que cambian, propias de cualquier transición, que producen una
desorganización. Y en el caso de la separación, además dolorosa...
¿Esto tiene que ver con que uno en general se piensa en
relación a una pareja? Es decir: hay gente a la que le va muy bien en todas las
áreas de su vida, pero si no resolvieron la cuestión de pareja sienten que está
todo mal... Como si el agujero fuera demasiado grande...
En general se piensa eso. Son hábitos culturales. Estamos
habituados a eso –aunque hay cambios en curso: no es lo mismo lo que pasa hoy
que hace 50 años; mis padres estaban casados y no les cabía separarse; podían
pelear, discutir, pero no estaba en ellos, como alternativa posible, la
separación-. Ahora se está explorando otro formato, otra manera de vivir la
vida. Es una transición. Digamos que es mejor estar solo que mal unido. Y es
mejor estar bien unido que solo. Lo que hay que establecer es la calidad de la
unión. Si no, es estar unido a cualquier precio para entrar en el formato
social que se supone debe regir. A mucha gente le cuesta separarse de una
relación por todo lo que significa en cuanto a dejar de cumplir el rol social
que se ve satisfactorio mientras está con su esposa y va a las reuniones con ella...
Esos son hábitos culturales que cada país tiene a su manera, y que pesan
mucho...
-¿Por qué una de las cosas que se vulnera en una ruptura es la autoestima?
Depende si yo me quise separar o no. Si la decisión es compartida,
es más soportable. Cuando la decisión la toma uno, aunque sea portavoz de algo
que pasa entre los dos, el otro tiene que aceptar algo que no desea. Y no es
fácil para esa persona. Aunque sería lo deseable, sería parte de una actitud
psicológica madura el decir “Que esta mujer no me quiera no significa que yo no
sea querible”...
Pero no es lo más frecuente...
No. En general creemos que si ella no me quiere es porque no soy
querible. Lo cual es un error terrible, pero muy frecuente. Sobre todo, uno
llega a sentir eso si además uno mismo no se siente querible. Si estoy
insatisfecho conmigo, si detesto rasgos de mi carácter, cualquier cosa que mi
pareja haga como alejamiento va a encontrar una voz en mí que resuena con lo
que ella hace para confirmarme que no sirvo para nada. Pero la fuente está en
la evaluación que yo hago de mí mismo. Este es un pilar fundamental de la
autoestima. Hay que desarrollar la capacidad de reconocer lo que no me gusta de
mí y aprender a relacionarme con eso de modo que pueda colaborar para asistir a
esa parte fallida y mejorarla. Eso se puede.
Usted ha explorado mucho esos mecanismos de asistencia a uno
mismo...
Así es. Los últimos 25 años de mi trabajo fueron dedicados a
explorar cómo una persona puede aprender a auto asistirse. Es decir: reconocer
lo que rechaza, y en lugar de detestarse y descalificarse por tener eso,
aprender a relacionarse con ello de un modo tal que lo pueda transformar. Uno
de mis libros, “El Asistente Interior”, está destinado a mostrar eso: cuál es
el aprendizaje que uno necesita hacer para lograr mejorarse. Esto es algo que
se tendría que enseñar ya desde las escuelas. A los chicos les enseñan
matemáticas, lenguaje e historia, pero también deberían agregar: “cómo
relacionarme con aquello que no me gusta de mí”. Pero si no se enseña no es por
mala voluntad, sino porque en general no se sabe. Como cultura, no lo hemos
aprendido aún. Los terapeutas que exploramos esta dimensión de alguna manera
funcionamos como una avanzada, tratando de propagar esto para que llegue a ser
un conocimiento general.
En general, no se enseña qué hacer con las emociones...
No, tampoco sabemos qué hacer con ellas, en especial con el enojo.
No sabemos cómo hacer para enojarnos de tal modo que ese enojo resuelva la
situación. Cuando nos enojamos, generalmente dejamos las cosas peor de lo que
estaban antes.
Esto está íntimamente relacionado con las rupturas
sentimentales, ¿verdad?
Cuando discuto con mi mujer, esa discusión suele generar más
heridas que las que había al comienzo, y el problema inicial no se resolvió.
Pero eso es porque no hemos aprendido a discutir. Si tenemos un desacuerdo, hay
que abrirlo, desplegarlo, y dejar que nuestras respuestas ayuden a resolver
eso, no a insultarnos y herirnos uno a otro. Esto es la inmadurez que tenemos
como seres humanos.
Volviendo a la autoestima luego de un divorcio...
Digamos que la autoestima se daña cuanto más herida ya está... Si
yo estoy en paz conmigo, sintiendo que puedo ayudar a transformar aquello que
me desagrada, si estoy satisfecho con lo que estoy haciendo, el impacto de que
mi mujer me deje va a ser menor. Lo voy a superar en menor tiempo y voy a poder
reconocer que el hecho de que nos hayamos separado no significa que soy
inservible. Significa, en última instancia, que no hay afinidad entre ella y yo
en ese momento.
Pero uno, luego del divorcio, tiene la idea de que algo ha
hecho mal, de que en algo se ha equivocado. ¿Cómo saber en qué? ¿Qué fue lo que
yo hice mal?
Esa es la pregunta fundamental que hay que hacerse. Lo más deseable
es que una pareja cuando enfrenta esa situación conserve una atmósfera de
razonable compañerismo. Que yo le pueda preguntar a mi mujer “¿Qué es lo que no
te gusta de mí?”. Y que me lo diga. Supongamos que me dice “lo que no me gusta
es que seas desprolijo, descuidado, que seas impuntual...”. Esto para dar un
ejemplo con cosas triviales, puede ser mucho más denso por supuesto. Y que yo
descubra que también quiero cambiar eso. Si a ella no le gusta de mí lo que a
mí tampoco me gusta, tenemos una tarea en común. Ver cómo ambos colaboramos
para que eso se transforme. Ahora: se torna grave cuando lo que a mi mujer no
le gusta de mí, a mí sí me gusta. Es el problema más serio que enfrenta la
pareja.
Claro, ahí se torna muy difícil de acomodar.
Porque yo no tengo la voluntad de cambiarlo. El problema es la
elección que hicimos estas dos personas que no disfrutamos de lo mismo. Nos
ilusionamos con alguna cosa que nos gustó al principio y no vimos más
profundo...
Al llegar el divorcio, ¿qué pasó con lo que yo di en la
relación? ¿Lo perdí? ¿”Desperdicié” amor? Porque todo lo que podía ser un
proyecto enorme, cuando terminó de pronto quedó en nada.
Uno llega a esa conclusión cuando inscribe una relación de pareja
dentro de un modelo materialista-bancario, por decirlo así. Cuando uno le
reconoce a la relación de pareja un ámbito específico, que es el emocional, el
existencial, ve que lo que hubo fue una experiencia que hicimos en común con
esa otra persona. Yo di y también recibí, y disfruté mientras sucedía. Y salí
transformado de ese intercambio. Esto no puede equipararse a objetos
materiales: “Puse en este banco tanto dinero, el banco cerró y ahora no tengo
más el dinero”. En lo material, esa pregunta tiene sentido. En el universo
interaccional, humano, existencial, suceden las cosas de otra forma. Y es bueno
verlas desde ese otro lugar. Porque ambos crecimos, cada uno a su manera.
Quizá el tema del tiempo pueda verse como algo entre lo
material y lo existencial. Uno invierte ilusión, amor, y no puede pensarse en
términos de pérdida; pero el tiempo... “Estuvimos tantos años juntos, cuando te
conocí podía tener hijos y ahora quizá ya no”. Ese tiempo. ¿Cómo se resuelve?
Hay una parte que es así: se perdió. Y hay otra que no es así. El
problema es si se lo ve todo así. Lo que mencionas es una habitación de la
casa: “quería tener hijos, esperé tenerlos con vos, y ahora ya no pasará”. Eso
se perdió. Pero la casa tiene muchas otras habitaciones.
Igual, no es fácil de procesar ese tema del tiempo...
Se puede cuando uno incluye en la experiencia de pareja la noción
de aprendizaje. Aunque nos hayamos separado, yo aprendí. No siempre el
crecimiento se produce en experiencias gratas. También el dolor enseña a
crecer. Lo que pasa es que eso no se ve en el momento. Cuando la herida está
sangrando, uno tiene que suturarla y vendarla. Pasa un tiempo hasta que uno
puede ver cómo ese vínculo, por doloroso que haya sido, sirvió para aprender,
para ser mejor. Así que es muy bueno a nivel humano introducir la noción de
crecimiento y aprendizaje para rescatar el sentido que tiene lo que desde otro
punto de vista podría verse como pérdida.
Si uno cometió errores, al separarse puede tener la voluntad
de no volver a cometerlos con una nueva pareja. ¿Cómo se puede hacer?
Vamos a poner un ejemplo concreto. Supongamos que mi pareja me
dice que yo no concedo al encuentro físico el tiempo, el interés y la
disponibilidad suficientes. Sigo pensando en los negocios y mis actividades y
nunca hay tiempo para los dos. Como dije antes, la primera pregunta que debo
hacerme es: ¿quiero cambiarlo? Quizá sí, y descubro que también me gustaría
compartir más, disfrutar más tiempo juntos. Entonces eso ya requerirá un
trabajo, para ver qué parte de mí está en juego en eso; quizá haya un miedo al
acercamiento, inseguridad, en fin... Ese es justamente el aprendizaje. Hay algo
que siempre sugiero a las parejas que hagan: que se pregunten mutuamente “¿qué
es lo que te desagrada de mí?”. Y hacerlo en una atmósfera de paz, no en medio
de una pelea feroz como suele ocurrir.
Ahora bien: quizá al separarme reconozco eso como un error, no
le dedicaba suficiente tiempo... ¿Cómo sé que en la nueva pareja eso será
también un error? O por dar otro ejemplo: ella siempre llamaba a toda hora del
día, y se dio cuenta de que con esa persecución lo ahogaba; en su nueva
relación ya no lo hace, pero resulta que su pareja considera que ella muestra
poco interés... ¿Cómo saber cuándo es un error y cuándo no?
Para ver eso hay que distinguir las acciones de los estados interiores
que llevan a realizar esas acciones. Si yo llamo todos los días 15 veces a mi
mujer porque soy celoso, tengo miedo a que me engañe, soy inseguro, no voy a
poder cambiar sólo porque me lo proponga. Hay una demanda interior, un estado
interno que reclama ese control. Entonces es muy bueno que me pregunte qué
estado interior mío está produciendo esa conducta que al otro le molesta.
Cuando ese estado en mí cesa, cuando recupero mi seguridad y mi confianza en mí
mismo, puedo llamar o no. Tengo más flexibilidad. Si a la otra persona le gusta
que la llame lo haré, y si no no.
Una idea que puede generar miedo ante la posibilidad de formar
una nueva pareja es el sentir que antes uno “quiso demasiado”. Ese “querer
demasiado” es algo que muchos sienten pero quizá el concepto no sea claro. ¿Qué
significa para usted?
Una confusión. Cuando uno dice “yo amo demasiado” es la manera de
nombrar una forma de dependencia. Si yo me auto descalifico mucho, y tengo una
autoestima baja, y tomo a mi pareja como alguien que me reasegure que yo valgo
y soy importante, y dependo de su opinión porque yo no la tengo, entonces le
voy a dar muchas cosas a esa persona para conquistar esa opinión positiva.
Entonces lo que llamo “querer demasiado” es que yo me aferré demasiado, que aposté
demasiado a producir un determinado sentimiento en ella para asegurarme que
merecía ser querido. Cuando se trata de amor nacido de la madurez y la
autonomía nunca es demasiado, y nunca molesta.
La dependencia es un problema serio en la pareja, ¿verdad?
Sí. Es grave. Está hecha de que yo te necesite como pareja para
que me demuestres que yo valgo, que puedo, que sirvo, porque yo no pienso eso
de mí. Entonces necesito que 30 veces por día me recuerdes lo que yo no oigo de
mí mismo.
Que me trates de convencer de que sirvo para algo...
Convencer, exacto. Pero eso no me lo puede dar otro. Uno se
esfuerza muchísimo, y eso carga la atmósfera de presiones, obligación,
reclamos... En cambio, cuando yo tengo cierta tranquilidad y me siento bien
conmigo, lo que busco en una pareja es expandir el bienestar que tengo. La otra
opción es buscar en la pareja el bienestar que no tengo; un poco de eso puede
haber, está bien. Pero si hay mucho... se convierte en un problema. Me va mal
en el trabajo, no me gusta lo que hago, estoy mal en todo, y tengo el sueño de
que una mujer me compense por todas esas carencias... La expectativa es tan
grande que difícilmente se cumpla, y además impide disfrutar lo que sí ocurre.
-¿Qué es equivocarse en el amor?
Eso que decíamos antes: haber puesto en juego en una relación
rasgos de mí que me gustaría que no fueran así. Por ejemplo; reconozco que soy
muy dependiente, entonces reclamo mucha presencia, mucha compañía, pero a mí
tampoco me gusta ser dependiente, quiero ser un hombre más adulto, más íntegro,
más autónomo. Si no realizo los aprendizajes necesarios para transformar eso,
me estoy equivocando.
El miedo a empezar una nueva relación se basa bastante en que
uno busca afuera en vez de en uno mismo...
Claro. Si yo no hice ese trabajo que mencionaba antes, y ante la
primera insatisfacción ya provoco la ruptura y me imagino que el otro es el
causante, lo que buscaba era un salvador. Y en esa búsqueda voy a repetir
errores. Ante una separación, puedo aprovecharla como aprendizaje o puedo
echarle la culpa al otro.
¿Por todas estas cosas es que hoy -al menos lo dice la
estadística- cuesta mucho mantener una pareja estable?
Creo que
hay muchas causas. Una es que necesitamos aprender a vivir los desacuerdos,
plantearlos, desplegarlos y resolverlos manteniendo la atmósfera de
compañerismo básico. Uno de los problemas más serios es cuando la relación
comienza a impregnarse de una atmósfera de antagonismo. De confrontadores, de
“a ver quién gana”. En las separaciones se ve mucho. Parejas que se han llevado
relativamente bien, y cuando están en el proceso de ruptura se convierten en
enemigos mortales y se tratan de lo peor. Entran en guerra. A veces pasa
también en el curso de la relación. Cuando he sido herido por algo que me dijo
mi mujer, puedo querer desquitarme hiriéndola a ella; y ella a su vez se
sentirá herida y volverá a herirme. Y cada vez será peor, y el retorno se hará
difícil. No hemos aprendido a experimentar un desacuerdo sin que termine en una
pelea. Así de simple, y así de trágico. El desacuerdo y el enojo son dos temas
que siempre me han preocupado; de hecho escribí un libro sobre eso, “La
Sabiduría de las Emociones”, en donde destino un capítulo para describir cómo
aprender a usar el enojo para resolver.
¿Cómo evitar el miedo luego
del divorcio? ¿En qué consiste ese miedo, que es un gran obstáculo?
El miedo
puede ser más grande o más chico según el grado de dependencia emocional que yo
tenga. Y también hay que reconocer que hay un miedo que, si aprendí a lidiar
con él, es como una señal que me informa de algo a lo que debo estar atento.
Tengo miedo a cruzar la calle, y entonces lo uso para ver si el semáforo está
en rojo, si vienen autos. Uso ese miedo para tomar precauciones y realizar la acción
con eficacia. Si no sé qué hacer con el miedo, éste me bloquea. De modo que
miedo siempre va a haber, pero todo dependerá de cómo yo use esa señal del
miedo para tomarla como algo que me enriquece y me informa, o algo que me
inmoviliza.
Pero concretamente, después
de una separación, ¿qué actitudes puedo tomar para superar el miedo a volver a
equivocarme?
La mejor
sugerencia es que hay que recordar que existe algo que se llama gradualidad. El
primer paso. No significa nada más que eso, el primer paso. Que uno vaya a
tomar un café con una nueva persona no es más que eso. Cuando termine de tomar
ese café, veré si quiero dar el segundo paso o no. Tengo que proponerme dar
solamente el primer paso. Cuando uno va paso por paso, va haciendo las cosas
porque la situación se las va inspirando. Quizá tenía miedo, pero cuando fui a
tomar ese café con ella me sentí cómodo, y digo “bueno, podemos ir al cine”.
Pero eso lo sentí después de estar con ella. Y lo que pase en el cine me dirá
cómo seguir. Y hay algo que me parece fundamental saber y tener en cuenta: el
destino de una relación depende fundamentalmente del grado de bienestar que
pueden producir las dos personas mientras están juntas. Todo lo demás es de
cartón. Que cuando uno deja a esa persona sienta que está mejor que cuando
llegó a verla. Si eso va ocurriendo, la relación tomará el curso que eso
determine. Y si no está... no hay en qué apoyarse. Me puedo ilusionar, pero
durará poco. Por eso el paso a paso. De ese bienestar al estar juntos saldrá la
energía para arreglar lo que no funcione, para acomodar eso que no está del
todo bien.
Entrevista brindada a la revista
“Sophia”
|